Probabilidad de depredación en la tercera edad

January 27, 2021

Una vez conocí a un viejo que ofrecía masajear los pies a los que nos arrastramos por la entrada de Tobalaba a la Línea 4. Las primeras veces que lo ví no lo ví realmente, porque iba empastillada a tope como cada mañana, cargando la vista borrosa y los audífonos con cancelación de sonido, y me trasladaba como una nave de privación sensorial mientras me repetía mis letanías de autohipnosis. Las segundas veces que lo ví sí lo ví, porque ya no me quedaban pastillas y no pensaba volver donde el psiquiatra a que me diera otra receta. Lo ví, lo olí y lo oí, con su tobillera electrónica, los ojos nublados y muertos de la kerentamina mandatoria del Estado, y un aura fermentada a levadura y pasta de dientes.

Cuando ya pude realmente verlo, olerlo y oírlo, me paré en seco. Era la primera vez desde que era niña que veía a un viejo que había cruzado la edad para la castración química estatal. Los viejos de mi familia habían decidido acabarse de a poco, con elegancia o amor propio, unos años de margen antes del umbral. Los viejos no querían sufrirlo, el Estado no quería impartirlo, el resto no quería verlo ni olerlo. Resultaba mucho más higiénico que, pasados los años primaverales, la gente se terminara de manera autónoma.

La gente, empastillada o no, no lo miraba mientras él entonaba su cantinela promocional. Masajes pedicúricos del suficientemente viejo, aquel que no puede hacerle nada malo: certificado por el Estado. Yo creo que algunos le tenían miedo. Yo no, porque lo que decía era muy cierto. No podía hacerme nada ahora, castrado y monitoreado como estaba.

Me acerqué, le pagué y me saqué los zapatos para quedar tocando las baldosas artificialmente tibias. Sentí las vibraciones del tren como nunca antes. Titubeó, miró hacia el suelo y me indicó que me sentara en una sillita plástica. Hubo un silencio prolongado mientras él se arrodillaba en el suelo con esfuerzo y yo apagaba la música y modulaba las ondas del ruido ambiente. Después empezó a tocarme los pies.

Sus manos secas me sobaban las plantas de los pies con gestos de intimidad.

Me contó que él tenía una nieta de mi edad, pero que ya no la veía. Ella no veía las cosas con claridad, le dijo, y se juntó con mala gente. Gente que le puso cosas en la cabeza. Terminó haciendo acusaciones muy graves, de las que el Estado se toma muy en serio, contra su círculo más cercano, él includio. Fue mejor para todos, me argumentaba, optar por el tratamiento químico adelantado para él. Como gesto de buena voluntad.

A pesar del tratamiento, ya no le dejaban ver a su nieta, y no entendía por qué. Ya había perdido la esperanza, a pesar de que el tratamiento lo había dejado inofensivo como un animal en el preámbulo de la muerte.

Ofrecía masajes para juntar lo suficiente para el tratamiento definitivo en una clínica privada. Le faltaba mucho todavía, pero no podía más que tratar de acortar sus días en esa muerte híbrida que da la kerentamina amordazante.

Ponía su cara muy cerca de mis pies, los olía respirando fuerte, y yo sentía el pelo de su barba y las vibraciones de su voz hacerme cosquillas. Pero sus ojos seguían muertos y nublados. No exudaba calor ni fluidos, porque los químicos ya habían empezado con sus efectos taxidérmicos. No iba a alcanzar a juntar lo suficiente para el tratamiento privado antes de ahogarse embalsamado en vida.

Creo que me entendió cuando no le pagué.


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Escrito por JM Comber — Ingeniero de software en Santiago de Chile. El balance entre el cansancio y el aburrimiento es sutil.
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