El zoológico de personajes de Houellebecq es repetivo y desesperante by design: Hombres en los albores de la flacidez culposa que han saboteado metódicamente las relaciones humanas de su vida se pueden encontrar en cada bloque de departamentos, parece decirnos el autor. Florent, en Serotonina, no es la excepción.
El detalle técnico tinta todo discurso, independiente de cual sea el área de expertise del narrador. En El mapa y el territorio fue el arte visual, en Sumisión la literatura, en Serotonina la agricultura. El personaje de Houellebecq, como cualquier otro narrador, tiene algo que decir. Y, como es usual en literaturas contemporáneas, es algo que esconderá en páginas y páginas de medias verdades y detalles técnicos de ironía mordaz. David Foster Wallace escondía detalles importantes en notas-al-pie-de-notas-al-pie en La broma infinita o Sandor Marai intentaba definir desaveniencias como algo que se supone absolutamente etéreo y vago en El último encuentro o La mujer justa, o quizás incluso James Joyce en el bullicioso Ulises: la novela no es el camino mediante el cual el personaje principal encuentra la respuesta que busca (esa la supo desde el comienzo), sino que es la metaperorata que lacta desde una voz berborreante que esconde al lector lo fundamental. Es, al final del día, una lucha entre capacidades oratorias vacuas y pulsiones de comunicación que —usualmente— terminan por triunfar.
Sin embargo, este personaje de Houellebecq presenta un avance respecto a sus homólogos anteriores. La lucha por la caída de la máscara no toma toda la novela para desintegrarse: Florent se admite triste, solo, frustrado durante todo el libro. La postura houellebecqiana en que caen los personajes de no admitirse personalmente incorrectos, sino como un síntoma inescapable de una sociedad en decadencia, acá parece perder su poder a medio camino. El protagonista reconoce que él fue feliz durante unos años, y que podría haberlo sido hasta el final de su vida de haber sucedido otras cosas.
El nihilismo y la inescapabilidad de la miseria que buscamos consumir al comprar un libro de Houellebecq acá nos sorprende: configuraciones vitales aceptables y estables (o francamente felices) son plausibles, son auténticas. La miseria viene cuando eventos puntuales son tomados por el personaje como símbolos de un declive viscoso y continuo, solo corregibles por atrocidades dejadas sin nombre para que quien no lo haya leído aún pueda espantarse junto con el resto. El personaje, después de relatar errores profundos de su vida, acota ligeramente que “Dios es un guionista mediocre”. Él es un personaje que debía cumplir aquel rol mediocrizante, donde los breves intentos por tomar bocanadas de agencia logran repugnarlo a él y al lector mismo, que se encuentra abogando por la estabilidad del fango silencioso y amable con los vecinos.
Hay personas a quienes se les asigna un rol solitario de fracaso porque no cumplirían bien cualquier otro papel. Alguien debe estar desesperanzado para que la felicidad de lo joven, lo bello, lo sano sea punzante. Fue bonito imaginar otras configuraciones existenciales, pero aquellas le fueron vedadas de maneras sutiles al protagonista. Quizás al final entendemos que la resignación es la última elegancia, la que nadie nos puede quitar.